La huella mágica

Fue mi amiga Dianel, la que hace poco me habló de Milan Kundera. Con su concepto de huella mágica me hizo sonreír, y aprehender el sentimiento que ahora llevo conmigo. Explicaría algo más, pero qué mejor que exponer el propio fragmento de su libro La insoportable levedad del ser”:

Regresó a su piso, hasta donde llegaba el sonido de las campanas de la Iglesia de Saint-Pierre. Aquel mismo día le habían traído la mesa de la tienda. Olvidó a Marie-Claude y a sus amigas. Y por un momento olvidó también a Sabina. Se sentó a la mesa. Estaba contento de haberla elegido él mismo. Había vivido veinte años rodeado de muebles que no había elegido él. De todo se encargaba Marie-Claude. En realidad es la primera vez que dejaba de ser un muchacho y se independizaba. Al día siguiente había quedado con el carpintero para que le hiciese una librería. Llevaba ya varias semanas entretenido dibujando su forma, tamaño y ubicación.

Entonces se percató con sorpresa de que no era desdichado. La presencia física de Sabina era mucho menos importante de lo que había supuesto. Lo importante era la huella dorada, la huella mágica que había dejado en su vida y que nadie podría quitarle. Antes de desaparecer de su vista tuvo tiempo de poner en sus manos la escoba de Hércules, con la cual barrió de su vida todo lo que no quería. Aquella inesperada felicidad, aquella comodidad, aquel placer que le producían la libertad y la nueva vida, ése era el regalo que le había dejado.

Por lo demás, siempre prefería lo irreal a lo real. Del mismo modo en que se sentía mejor en las manifestaciones (que como ya he dicho son sólo teatro y sueño) que en la cátedra desde la que les daba clase a sus alumnos, era más feliz con la Sabina que se había convertido en una diosa inivisible que con la Sabina con la que recorría el mundo y por cuyo amor temía constantemente. Le había dado la inesperada libertad del hombre que vive solo, le había regalado la luz de la seducción. Se había vuelto atractivo para las mujeres; una de sus alumnas se enamoró de él.

Y así, en un período de tiempo increíblemente breve, se transformó por completo el escenario de su vida. Hasta hacía poco tiempo vivía en una gran casa burguesa con criada, hija y esposa, y ahora reside en un piso pequeño del casco antiguo y su joven amante se queda a dormir en su casa casi todos los días. No necesita recorrer con ella los hoteles de todo el mundo y puede hacer el amor con ella en su propio piso, en su propia cama, en presencia de sus libros y de su cenicero que está encima de la mesa de noche.

¡La chica no era ni guapa ni fea, pero era tanto más joven que él! Y admiraba a Franz igaul que hasta hacía poco tiempo admiraba Franz a Sabina. Aquello no era desagradable. Y si acaso podía interpretar el haber cambiado a Sabina por una estudiante con gafas como una pequeña degradación, su bondad era suficiente como para que la nueva amante hubiera sido bien recibida, para que sintiera por ella un amor paternal que antes nunca había podido satisfacer debido a que Marie-Anne no se comportaba como una hija, sino como una segunda Marie-Claude.

Un día visitó a su esposa y le dijo que le gustaría volver a casarse.

Marie-Claude hizo un gesto negativo con la cabeza.

-¡Pero si el divorcio no va cambiar nada! ¡No pierdes nada! ¡Te dejo todas las propiedades!

– No se trata de las propiedades -dijo.

-Entonces, ¿de qué se trata?

-Del amor -sonrió.

-¿Del amor? – se extrañó.

– El amor es un combate -Sonreía Marie-Claude-. Combatiré todo lo que sea necesario. Hasta el final.

– ¿Que el amor es un combate? No tengo el menor deseo de combatir -dijo Franz y se marchó.

Fragmento de “La insoportable levedad del ser”, de Milan Kundera.

Sanlppms.

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