Una reflexión, una estrategia.

Este fin de semana lo he pasado con mi amiga Natalia en Viena. Encontramos palacios que rememoran su época imperial con los Hasburgo; cultura hecha arte con Gustav Klimt (aquella femme fatale nos impresionó más que el propio beso) y hecha música con esa ópera lustrosa donde cada día podemos maravillarnos con un espectáculo, un ballet, unas piezas de Mozart… con sueños a granel; cafés y chocolates para los intelectuales y gente de placer.

En los vuelo he estado leyendo “Cómo la vida imita al ajedrez” de Garry Kasparov y junto con las conversaciones con mi compañera de viaje, me he dado cuenta que es necesario tener un plan. Todas las personas a las que admiro se organizan con objetivos, a largo y corto plazo, pero con fecha de entrega o edad máxima para conseguir una meta, alcanzar un sueño.

Creo recordar que yo también me organizaba así, pero tras la pérdida de un ser querido, casi siete años ya, reinterpreté la vida. Sentí que esto se puede acabar en un instante y que tenía que dejarme llevar por las sensaciones de cada momento. Sin prisa, pero sin pausa; sin un camino diseñado, pero paso a paso como Machado.

Ahora siento, más que saber de haber leído o escuchado, esa popular reflexión de que la vida es una rueda y si te dejas llevar por ella te dirigirá hacia donde ella quiera. Puede ser que allí te acomodes y no busques más explicaciones o puede ser que sientas que no eres la dueña de tu destino*. Sigue leyendo

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